lunes, 14 de diciembre de 2009

Sucesos enterrados por el tiempo

En su casa, el chico de la sudadera verde miraba las fotos suyas y de la chica del flequillo. En ellas, él aparecía sonriente, rebosante de felicidad. Pero ella salía de espaldas a la cámara, en todas. Aquel hecho le dejó triste al chico de la sudadera, pues recordaba aquellas fotos diferentes, con ella sonriente cerca de él.
Salió de su casa e intentó despejar sus ideas. Hacía tiempo que lo pasaba mal. Pero no era culpa de nadie. Solo suya. La vida le había dado mil patadas en la misma zona, y todo aquello que había significado algo para él, ahora no eran más que recuerdos enterrados por el tiempo.
Pensó en lo triste que estaría ahora que ella también se le iba. Cómo las páginas de su vida volvían a describir aquello que tantas veces había evitado, la soledad, la amargura, el amor… Todo aquello era para él el dolor del alma por lo perdido.
Al chico de la sudadera verde solo le queda un consuelo: su sonrisa. Aquella forma arqueada hacia arriba de su boca nunca le había parecido más hermosa que hasta ahora; el tímido encuentro de sus dientes blancos, y las arruguitas que se le formaban al realizar el gesto se formaban en su mente casi sin quererlo.
Sin saberlo, había caminado hasta cerca de su casa, hasta el parque de al lado. El sol se escondía tras el horizonte. Mañana volvería. Un mañana desconocido en el que ella no volvería. Fue entonces cuando comprendió cuál era su destino en este mundo, vagar con su soledad por las calles de su ciudad hasta que llegue el frío y la oscuridad.
En un banco, de espaldas a él, como en las fotos, la vio. El corazón le daba empujones y las entrañas le desgarraban por dentro, parecía que toda la presión del momento se concentrase en su cuerpo, y éste no lo pudiese evitar y quisiera salir de él. Poco a poco se fue acercando al banco, se situó tras de ella, y le puso las manos en los hombros.
Ella no se movió ni dijo nada. Él no dijo nada, no se movió, se quedó mirando aquella cabeza inmóvil durante largo rato. Dentro de él, las entrañas bailaban un macabro baile que le hacían tiritar y perder su firmeza. El frío se fue apoderando de sus manos, su cuerpo se agarrotaba y temblaba, pero ella no se inmutaba, ni temblaba, ni sentía. El mundo se había parado para ellos. Pero el tiempo corría, y los pájaros volaban y aterrizaban frente a la mujer de otro banco que les lanzaba miquitas de pan, dos ancianos paseaban de la mano por el verde césped, los niños corrían en bici y, tras ellos, los padres les pedían cuidado de no atropellar a nadie.
Pero a él no le importaba lo que hiciesen los demás. Los niños, al verlos, se pararon, comentaron algo, y esperaron a sus padres, dadles intimidad niños, dijeron. Luego pasaron los anciano, y un vistazo a la extraña pareja sirvió para saber lo que pasaba, y continuaron su camino, deseando suerte y consuelo a los jóvenes.
Entonces ella se levantó. El sol ya se había ido. El chico de la sudadera verde le apartó las manos de los hombros, y vio cómo ella le daba un abrazo, pero sin aun haberla visto la cara. Todo fue tan rápido, que apenas pudo evitar caerse. Obligó a su cuerpo a hacer un esfuerzo para aguantar el tiempo que hiciera falta el abrazo de ella. Nadie dijo nada. Ella entonces, tan rápido como le abrazó, se marchó. Fue en aquel momento, cuando los pájaros dejaron de comer miguitas de pan y volaron hacia la chica de las fotos. Aquella escena le pareció preciosa. La belleza de ella, junto al paisaje, y el momento en que se giró, y le miró. Sus ojos brillaban, los pájaros la respetaron, y subieron a escasos metros de ella, eran palomas blancas.
Ella se marchó, sin volver a mirar hacia atrás, dejándole a él tras el banco. Al chico se le escaparon las lágrimas, solo alguien que le importase tanto, conseguiría hacerle llorar.