Ya llevaban un mes en el juego Eir y Selena. Sus conversaciones no pasaban más allá de preguntarse pequeñas cosas sobre el otro, viajes de ella y peripecias de él. Estaban alegres y cómodos el uno con el otro. Pero todo cambió cuando ella le preguntó por su familia.
¿Qué decirle? ¿La verdad o una mentira? Si le contaba la verdad, tal vez ella se asustara y dejaran de escribirse para siempre, sin llegar a poder quedar con ella ni verla y sin una amiga, que era como la consideraba. Además se había enamorado de ella. ¿Cómo- se preguntaba- había podido pasarle aquello? Nunca la había visto y sin embargo se había enamorado de una chica cuyo físico había sido fruto de su imaginación. Tal vez de quien se hubiera enamorado era de lo que ella misma le había contado y había podido averiguar durante el mes que se habían comunicado. Si le contaba alguna mentira, todo se acabaría en ese mismo momento, pues todo lo que le dijese de ahí en adelante estará atado por la propia.
Decidió que lo mejor era contarle la verdad, y rezar.
« Querida amiga mía:
desearía que nunca hubieses formulado esa pregunta. Que hubiésemos seguido hablando de nimiedades que poco importan, pero que nos hacían felices. Ya es tarde.
Ya te conté alguna cosa, poca, sobre mi padre y mi madre. La verdad es tan frustante y nos ha hecho tan infelices que todos los días mi padre intenta borrarla con alcohol.
Todo comenzó cuando mis padres se conocieron. Quizás sea la única parte bonita.
Eran jóvenes. Mi padre trabajaba ya en la fábrica. De camino a casa, mi padre vio a una mujer, cuyas elegantes ropas y curioso peinado no hacían más que certificar su posición. Una burguesa. Mi madre. Él se quedó prendado de ella. Pero no le vio. Así que él intentó acercarse hasta ella. No podía acercarse hasta ella sin tener que llamar la atención. Se le ocurrió, al final, hacer de la atención su cómplice.
- ¡ Señorita!- gritó mi padre- ¡ Un desastre, señorita!
Ella se giró alarmada, y se acercó,
- ¿Es a mi?
- Sí, señorita. Qué catástrofe.
- ¿Qué le ocurre, buen hombre? Me está asustando
- A usted, señorita. El asustado soy yo.
- ¿ A mi?
- Sí. Permitidme
La colocó en el suelo y la levantó la falda. La gente se escandalizó y comenzaron a llamar a los guardas. Él acarició la pierna, y apretaba con los dedos, buscando algo. Llegaron dos guardas.
- ¿Qué está ocurriendo aquí? Deje a esa mujer.
- No lo entiende, señor, esta mujer está muy mal- espetó mi padre con cara de angustia.
- ¿Cómo?- gritó mi madre.
- Tiene la pierna rota por completo después de la caída, está aturdida y quizás tenga heridas internas.
- ¿Qué caída? Yo no me he caído- dijo mi madre, empezándose a enfadar por aquel grosero pervertido.
- ¿Seguro? Porque yo juraría que te has caído del cielo, ángel.
El silencio que se formó alrededor de ellos era estruendoso. La gente no se podía creer la escena que estaban presenciando. La cara de mi madre debió de ser todo un poema. Los policía intervinieron y se llevaron a mi padre que, agarrado por los dos, no hacía más que mirar atrás, a aquel ángel caído.
Pasó una tarde entre rejas y le soltaron.
Al día siguiente, cuando mi padre salía de la fábrica, en el mismo lugar donde descubrió a mi madre, ella le esperaba.
Así fue como mis padres se conocieron. Más tarde formalizarían su relación, aquello no le gustó a mi abuelo, que la deseredó y juró que nunca vería ni una moneda suya mientras viviese, y que no quería volver a saber de ellos. Cuando nací, mis padre comenzaron a trabajar los dos en la fábrica. Mientras estaban fuera, me dejaban con una anciana que me cuidaba para no sentirse sola, sin tener que darle nada más a cambio. Crecí y fui a la escuela, donde me enseñaron a leer mejor de lo que había aprendido solo, y a escribir. Marieta, mi profesora, sabedora de mi destreza, me hizo escribirle historias que ella guardaba con recelo. Por desgracia, ya todo acabó, y todo lo que ella quería hacer de mi, no pudo conseguirlo. No tenemos dinero suficiente para pagar una escuela superior.
Mi padre pronto se cansó de la vida, de las miserias y de nosotros. Comenzó a gastarse gran parte del dinero que ganaba en vino y cerveza. Llegaba borracho a casa todos los días. Mi padre quería que ya me pusiese a trabajar, pero mi madre le convenció para que me dejase disfrutar de mi último verano en libertad. Mi madre llora por las noches por haber dejado a sus padres para tener una vida de penurias. Pensaba que el amor que mi padre le procesaba duraría eternamente y que le daría fuerzas para vivir. Pero nada más lejos.
Ahora que lo sabes todo, solo espero que comprendas por qué rehuyo de mi familia y estoy siempre fuera de casa.»