domingo, 8 de agosto de 2010

Tsutomu Yamaguchi: Nijü Hibakusha

6 de agosto de 1945, Hiroshima

Yamaguchi acudía a una cita con los encargados de la Mitsubishi de Hiroshima para, así, asegurar el suministro de repuestos al astillero de Nagasaki, en cuya fábrica de la misma empresa trabajaba como ingeniero. Sabía de sobra que su empresa, y más concretamente sus fábricas, eran objeto de los bombarderos estadounidenses.

Antes de llegar a la fábrica, Yamaguchi pudo ver que la ciudad de Hiroshima estaba repleta de gente en la calle. Los niños corrían por las carreteras, jugando a ser aviones japoneses, mientras otros hacían de estadounidenses que caían derribados al suelo entre lamentos. La gente adulta, por lo general, se encontraban en sus tiendas o abarrotándolas para comprar. Llegó a la entrada, donde le esperaba un agente de seguridad que le cortaba el paso. Le enseñó su identificación y le dio permiso para continuar el camino. Enfiló la entrada, sereno, sabiendo bien lo que tenía que hacer. Fue hasta la recepcionista, le dijo que tenía una citación con el encargado de suministros de la empresa, ella le pidió que esperase. La sala tenía ventanas desde donde apenas podía verse la ciudad. Se acercó hasta una de ellas. Únicamente podía contemplar el cielo azul celeste con unas pocas nubes blancas y esponjosas por el cielo. De repente, algo cambió en el paisaje que veía. Algo de color plateado estaba sobrevolando el cielo claro de Hiroshima. Un avión. Pero no era un bombardero corriente como los que estaban bombardeando Japón últimamente. Había algo raro en el ambiente. Entonces lo comprendió todo. Lo raro era el silencio.

Yamaguchi continuaba mirando la silueta plateada del avión estadounidense, de eso era de lo único que tenía certeza. Pero de pronto el avión dejó caer algo. Llevaba dos paracaídas desplegadas. Caía sin remedio sobre la ciudad. Empezó a dar unos pasos hacia atrás para alejarse del cristal. Y de pronto, un enorme destello. La luz le cegó.

***

Llevaba aturdido un buen rato. Tenía heridas por todas partes y quemaduras en el cuerpo. Había salido despedido de donde se encontraba. Aun no podía ver. Le costaba abrir los ojos. Le picaban y le lloraban. Además hacía calor, mucho calor. Le costaba respirar. Por fin abrió los ojos, y deseó no haber visto lo que vio. El cielo, antes azul, ahora estaba gris. Los rayos de luz del sol apenas llegaban a traspasar el muro de humo y cenizas espeso que cubría el cielo. Bajó la vista, y lo que pudo ver aun era peor, descorazonador. Lo que antes era una ciudad llena de vida, ahora era, enteramente, cenizas y escombros, y algunos muros que habían resistido a caer . Todo, absolutamente todo, había sido destruido. Olía a quemado. No se había dado cuenta de lo mal que olía hasta que fue consciente de lo que había ocurrido. Sin duda lo que los estadounidenses habían lanzado contra ellos no era una bomba convencional. Japón no podía ganar la guerra contra un arma capaz de destruirlo todo. Yamaguchi se sentía asombrado. Se encontraría a unos dos kilómetros de la zona de impacto, y aun a tan lejana distancia había llegado la explosión. Miró atrás. Aun a varios kilómetros a la redonda no había nada, todo estaba realmente destruido. El corazón empezó a latirle desenfrenadamente. ¿Cómo había podido sobrevivir a aquello? Pensó. Supo entonces que a pesar de haber sobrevivido a aquella explosión, no lo haría si no salía de aquella ciudad.

***

Habían pasado dos días y aun nadie, ni él mismo, se creían que hubiera sobrevivido al ataque de los Estados Unidos. Ha habido más supervivientes, le habían dicho, tras haberle encontrado pidiendo ayuda entre las cenizas, una vez llegó a la base de refugio que habían instalado a las afueras de Hiroshima. Volvía a casa. Volvía a Nagasaki. Había hablado con su jefe, le había contado lo ocurrido. No daba crédito. ¿Cómo había podido ocurrir algo así y que no se hubiera enterado nadie?

9 de agosto de 1945, Nagasaki.

Yamaguchi estaba en las oficinas del astillero. Un gentío de periodistas le preguntaban y tomaban nota de su experiencia en Hiroshima. ¿Qué fue lo que le vino a la cabeza cuando vio el desastre a su alrededor? Le preguntaron. Y él contestó, «Pensé que era el fin del mundo». A pesar del ajetreo de los periodistas, todo parecía estar en paz. Nadie pensaba que los americanos volviesen a tirar otra bomba a tan pocos días de la primera. Y mucho menos pensaban que, siendo la ciudad más cristiana que había en todo Japón, los americanos tuviesen a Nagasaki como objetivo. Miró el cielo, azul con algunas nubes esponjosas, como aquel día. Y lo vio. El fuselaje plateado de un avión cortando el cielo. No había ruido, solo preguntas de periodistas. Él sabía lo que iba a pasar. Estaba de cara al avión, pero a ellos les pillaba de espaldas. Vio como caía la bomba con dos paracaídas desplegadas. No sabía como reaccionar. Se lanzó al suelo y se tapó la cara. ¿Qué hace? Preguntó una periodista. Se quitó las manos. Y vio el flash de luz, y cómo todo quedaba arrasado, cómo los periodistas, que hacía un instante estaban a su lado atónitos por su reacción, quedaban carbonizados por la explosión. No podía respirar. Hacía mucho calor. El pánico se adueñaba de él, pero solo acertó a pensar que las bombas le perseguían realmente a él.

Yamaguchi, junto con otras siete personas que estuvieron en ambas explosiones de las bombas atómicas, fueron nombrados Nijü Hibakusha, traducido como las personas doblemente bombardeadas. Reconocidos como los Ocho Afortunados, ellos y sus familiares recibirían durante el resto de sus vidas una pensión. El caos que se produjo en Japón, y sobre todo el papeleo tras el fin de la guerra, hizo que se perdieran documentos cuyo contenido era, al parecer, el de los casos de personas, unos ciento sesenta, supervivientes a ambos atentados. Yamaguchi murió el 4 de enero del 2010 a causa de un cáncer de estómago, a la edad de 93 años.