domingo, 8 de agosto de 2010

Tsutomu Yamaguchi: Nijü Hibakusha

6 de agosto de 1945, Hiroshima

Yamaguchi acudía a una cita con los encargados de la Mitsubishi de Hiroshima para, así, asegurar el suministro de repuestos al astillero de Nagasaki, en cuya fábrica de la misma empresa trabajaba como ingeniero. Sabía de sobra que su empresa, y más concretamente sus fábricas, eran objeto de los bombarderos estadounidenses.

Antes de llegar a la fábrica, Yamaguchi pudo ver que la ciudad de Hiroshima estaba repleta de gente en la calle. Los niños corrían por las carreteras, jugando a ser aviones japoneses, mientras otros hacían de estadounidenses que caían derribados al suelo entre lamentos. La gente adulta, por lo general, se encontraban en sus tiendas o abarrotándolas para comprar. Llegó a la entrada, donde le esperaba un agente de seguridad que le cortaba el paso. Le enseñó su identificación y le dio permiso para continuar el camino. Enfiló la entrada, sereno, sabiendo bien lo que tenía que hacer. Fue hasta la recepcionista, le dijo que tenía una citación con el encargado de suministros de la empresa, ella le pidió que esperase. La sala tenía ventanas desde donde apenas podía verse la ciudad. Se acercó hasta una de ellas. Únicamente podía contemplar el cielo azul celeste con unas pocas nubes blancas y esponjosas por el cielo. De repente, algo cambió en el paisaje que veía. Algo de color plateado estaba sobrevolando el cielo claro de Hiroshima. Un avión. Pero no era un bombardero corriente como los que estaban bombardeando Japón últimamente. Había algo raro en el ambiente. Entonces lo comprendió todo. Lo raro era el silencio.

Yamaguchi continuaba mirando la silueta plateada del avión estadounidense, de eso era de lo único que tenía certeza. Pero de pronto el avión dejó caer algo. Llevaba dos paracaídas desplegadas. Caía sin remedio sobre la ciudad. Empezó a dar unos pasos hacia atrás para alejarse del cristal. Y de pronto, un enorme destello. La luz le cegó.

***

Llevaba aturdido un buen rato. Tenía heridas por todas partes y quemaduras en el cuerpo. Había salido despedido de donde se encontraba. Aun no podía ver. Le costaba abrir los ojos. Le picaban y le lloraban. Además hacía calor, mucho calor. Le costaba respirar. Por fin abrió los ojos, y deseó no haber visto lo que vio. El cielo, antes azul, ahora estaba gris. Los rayos de luz del sol apenas llegaban a traspasar el muro de humo y cenizas espeso que cubría el cielo. Bajó la vista, y lo que pudo ver aun era peor, descorazonador. Lo que antes era una ciudad llena de vida, ahora era, enteramente, cenizas y escombros, y algunos muros que habían resistido a caer . Todo, absolutamente todo, había sido destruido. Olía a quemado. No se había dado cuenta de lo mal que olía hasta que fue consciente de lo que había ocurrido. Sin duda lo que los estadounidenses habían lanzado contra ellos no era una bomba convencional. Japón no podía ganar la guerra contra un arma capaz de destruirlo todo. Yamaguchi se sentía asombrado. Se encontraría a unos dos kilómetros de la zona de impacto, y aun a tan lejana distancia había llegado la explosión. Miró atrás. Aun a varios kilómetros a la redonda no había nada, todo estaba realmente destruido. El corazón empezó a latirle desenfrenadamente. ¿Cómo había podido sobrevivir a aquello? Pensó. Supo entonces que a pesar de haber sobrevivido a aquella explosión, no lo haría si no salía de aquella ciudad.

***

Habían pasado dos días y aun nadie, ni él mismo, se creían que hubiera sobrevivido al ataque de los Estados Unidos. Ha habido más supervivientes, le habían dicho, tras haberle encontrado pidiendo ayuda entre las cenizas, una vez llegó a la base de refugio que habían instalado a las afueras de Hiroshima. Volvía a casa. Volvía a Nagasaki. Había hablado con su jefe, le había contado lo ocurrido. No daba crédito. ¿Cómo había podido ocurrir algo así y que no se hubiera enterado nadie?

9 de agosto de 1945, Nagasaki.

Yamaguchi estaba en las oficinas del astillero. Un gentío de periodistas le preguntaban y tomaban nota de su experiencia en Hiroshima. ¿Qué fue lo que le vino a la cabeza cuando vio el desastre a su alrededor? Le preguntaron. Y él contestó, «Pensé que era el fin del mundo». A pesar del ajetreo de los periodistas, todo parecía estar en paz. Nadie pensaba que los americanos volviesen a tirar otra bomba a tan pocos días de la primera. Y mucho menos pensaban que, siendo la ciudad más cristiana que había en todo Japón, los americanos tuviesen a Nagasaki como objetivo. Miró el cielo, azul con algunas nubes esponjosas, como aquel día. Y lo vio. El fuselaje plateado de un avión cortando el cielo. No había ruido, solo preguntas de periodistas. Él sabía lo que iba a pasar. Estaba de cara al avión, pero a ellos les pillaba de espaldas. Vio como caía la bomba con dos paracaídas desplegadas. No sabía como reaccionar. Se lanzó al suelo y se tapó la cara. ¿Qué hace? Preguntó una periodista. Se quitó las manos. Y vio el flash de luz, y cómo todo quedaba arrasado, cómo los periodistas, que hacía un instante estaban a su lado atónitos por su reacción, quedaban carbonizados por la explosión. No podía respirar. Hacía mucho calor. El pánico se adueñaba de él, pero solo acertó a pensar que las bombas le perseguían realmente a él.

Yamaguchi, junto con otras siete personas que estuvieron en ambas explosiones de las bombas atómicas, fueron nombrados Nijü Hibakusha, traducido como las personas doblemente bombardeadas. Reconocidos como los Ocho Afortunados, ellos y sus familiares recibirían durante el resto de sus vidas una pensión. El caos que se produjo en Japón, y sobre todo el papeleo tras el fin de la guerra, hizo que se perdieran documentos cuyo contenido era, al parecer, el de los casos de personas, unos ciento sesenta, supervivientes a ambos atentados. Yamaguchi murió el 4 de enero del 2010 a causa de un cáncer de estómago, a la edad de 93 años.

miércoles, 24 de marzo de 2010

El juego: historia de dos desconocidos. IV

En los cuentos de princesas, los príncipes siempre acaban llevándose a la bella dama en peligro- ya sea por dragón, madrastra, encantamiento, etc-. Pero en nuestra historia no hay príncipe ni princesa, no hay madrastras, ni dragones, ni encantamientos, ni castillos. Y quien necesita ser rescatado, no es ella, sino él.
Ya llevaban un mes en el juego Eir y Selena. Sus conversaciones no pasaban más allá de preguntarse pequeñas cosas sobre el otro, viajes de ella y peripecias de él. Estaban alegres y cómodos el uno con el otro. Pero todo cambió cuando ella le preguntó por su familia.
¿Qué decirle? ¿La verdad o una mentira? Si le contaba la verdad, tal vez ella se asustara y dejaran de escribirse para siempre, sin llegar a poder quedar con ella ni verla y sin una amiga, que era como la consideraba. Además se había enamorado de ella. ¿Cómo- se preguntaba- había podido pasarle aquello? Nunca la había visto y sin embargo se había enamorado de una chica cuyo físico había sido fruto de su imaginación. Tal vez de quien se hubiera enamorado era de lo que ella misma le había contado y había podido averiguar durante el mes que se habían comunicado. Si le contaba alguna mentira, todo se acabaría en ese mismo momento, pues todo lo que le dijese de ahí en adelante estará atado por la propia.
Decidió que lo mejor era contarle la verdad, y rezar.
« Querida amiga mía:
desearía que nunca hubieses formulado esa pregunta. Que hubiésemos seguido hablando de nimiedades que poco importan, pero que nos hacían felices. Ya es tarde.
Ya te conté alguna cosa, poca, sobre mi padre y mi madre. La verdad es tan frustante y nos ha hecho tan infelices que todos los días mi padre intenta borrarla con alcohol.
Todo comenzó cuando mis padres se conocieron. Quizás sea la única parte bonita.
Eran jóvenes. Mi padre trabajaba ya en la fábrica. De camino a casa, mi padre vio a una mujer, cuyas elegantes ropas y curioso peinado no hacían más que certificar su posición. Una burguesa. Mi madre. Él se quedó prendado de ella. Pero no le vio. Así que él intentó acercarse hasta ella. No podía acercarse hasta ella sin tener que llamar la atención. Se le ocurrió, al final, hacer de la atención su cómplice.
- ¡ Señorita!- gritó mi padre- ¡ Un desastre, señorita!
Ella se giró alarmada, y se acercó,
- ¿Es a mi?
- Sí, señorita. Qué catástrofe.
- ¿Qué le ocurre, buen hombre? Me está asustando
- A usted, señorita. El asustado soy yo.
- ¿ A mi?
- Sí. Permitidme
La colocó en el suelo y la levantó la falda. La gente se escandalizó y comenzaron a llamar a los guardas. Él acarició la pierna, y apretaba con los dedos, buscando algo. Llegaron dos guardas.
- ¿Qué está ocurriendo aquí? Deje a esa mujer.
- No lo entiende, señor, esta mujer está muy mal- espetó mi padre con cara de angustia.
- ¿Cómo?- gritó mi madre.
- Tiene la pierna rota por completo después de la caída, está aturdida y quizás tenga heridas internas.
- ¿Qué caída? Yo no me he caído- dijo mi madre, empezándose a enfadar por aquel grosero pervertido.
- ¿Seguro? Porque yo juraría que te has caído del cielo, ángel.
El silencio que se formó alrededor de ellos era estruendoso. La gente no se podía creer la escena que estaban presenciando. La cara de mi madre debió de ser todo un poema. Los policía intervinieron y se llevaron a mi padre que, agarrado por los dos, no hacía más que mirar atrás, a aquel ángel caído.
Pasó una tarde entre rejas y le soltaron.
Al día siguiente, cuando mi padre salía de la fábrica, en el mismo lugar donde descubrió a mi madre, ella le esperaba.
Así fue como mis padres se conocieron. Más tarde formalizarían su relación, aquello no le gustó a mi abuelo, que la deseredó y juró que nunca vería ni una moneda suya mientras viviese, y que no quería volver a saber de ellos. Cuando nací, mis padre comenzaron a trabajar los dos en la fábrica. Mientras estaban fuera, me dejaban con una anciana que me cuidaba para no sentirse sola, sin tener que darle nada más a cambio. Crecí y fui a la escuela, donde me enseñaron a leer mejor de lo que había aprendido solo, y a escribir. Marieta, mi profesora, sabedora de mi destreza, me hizo escribirle historias que ella guardaba con recelo. Por desgracia, ya todo acabó, y todo lo que ella quería hacer de mi, no pudo conseguirlo. No tenemos dinero suficiente para pagar una escuela superior.
Mi padre pronto se cansó de la vida, de las miserias y de nosotros. Comenzó a gastarse gran parte del dinero que ganaba en vino y cerveza. Llegaba borracho a casa todos los días. Mi padre quería que ya me pusiese a trabajar, pero mi madre le convenció para que me dejase disfrutar de mi último verano en libertad. Mi madre llora por las noches por haber dejado a sus padres para tener una vida de penurias. Pensaba que el amor que mi padre le procesaba duraría eternamente y que le daría fuerzas para vivir. Pero nada más lejos.
Ahora que lo sabes todo, solo espero que comprendas por qué rehuyo de mi familia y estoy siempre fuera de casa.»
Dejó la carta en la caja, la enterró, y se fue, lentamente, a recorrer las calles de la ciudad.

domingo, 21 de marzo de 2010

Poder para el pueblo


El día en que los pueblos se alcen contra la opresora sociedad neoliberal-capitalista, podremos volver a ver, camaradas, imágenes de victoria, de la derrota del fascismo en pro del único, verdadero, eficiente sistema.


Para ello el levantamiento es fundamental, una nueva sociedad internacional puede ser creada de los restos de la destrucción de la actual, con nuevos valores, lejos de aquellos que hoy priman en muchas mentes, que no son sino inculcados desde los púlpitos de las iglesias.


Pues no es otro, más que la Iglesia, la religión, el cáncer que impide pensar al pueblo.


En tiempos de crisis, renace el <> como opio para la multitud, pues, ¿por qué iba a relatarse la verdad, pudiendo entretener? Ese es el problema, ¿a quién le interesa el entretenimiento con los problemas existentes en este momento?


Los partidos políticos capitalistas abogan por una reforma del sistema. No es posible esa reforma, a lo largo de los años ya nos ha demostrado este sistema sus fallos cíclicos, su desigualdad, su impotencia. Y luego los economistas hacen demagogia hablando de que son la "salvación" de que su objetivo es erradicar la pobreza...


No debemos dejarnos engañar camaradas, pues la salida es la unión, debemos unirnos para derrocar a aquellos que se aprovechan del sudor del trabajador, de aquellos que violan niños, de aquellos que aniquilan inocentes en nombre de su dios, en la invasión de una tierra que no les pertenece.


Y puesto que los opresores no cesarán en su intento de dominación de la clase obrera, nosotros hemos de construir tras la destrucción de su Estado, uno nuevo, un Estado Obrero en el que queden excluidos, mediante represión, de las entidades democráticas, aquellos que han impedido y siguen haciéndolo durante tantos años.


Esta exclusión se hace necesaria para que pueda conseguirse una nueva sociedad en la que los valores fundamentales sean la igualdad, la tolerancia, el respeto, la no discriminación, la libertad. Todos ellos solo serán válidos para quiénes los merezcamos, para los que hemos sufrido durante tanto tiempo los vaivenes de la economía, los que hemos pagado sus crisis financieras, pues siempre es el trabajador quien sufre al final las consecuencias de sus juegos financieros.


Mientras ellos se nutren de nuestro esfuerzo y trabajo, además nos obligan a consumir, y si algo va mal, además hemos de darles nuestros impuestos para que salven los cuartos. ¿Es esto lógico? No permitamos que nos ninguneen. Nosotros tenemos el poder, sin nosotros no son nada, sin nosotros su sistema caerá.


Podemos hacerlo, solo necesitamos, la unión, la recuperación de esa conciencia de clase que se ha perdido.


En definitiva, la única salida viable a esta situación, de forma definitiva, que no se vuelva a producir, es emular lo que los camaradas rusos hicieron tiempo ha, a principios del siglo XX, pero esta vez, de una manera, verdaderamente, Internacional.


Salud.

domingo, 14 de marzo de 2010

El juego: historia de dos desconocidos. III

Cuando leemos un libro y conocemos sus personajes, el autor nos hace una vaga o detallada descripción sobre cómo son física y psicológicamente aquellos seres creados en su imaginación. Y como son seres irreales, imaginarios- por mucho que hayan podido ser tomados de la vida real-, cada persona los imagina de una manera u otra, no correspondiéndose así el aspecto del personaje imaginado por cada uno.
En esas estaba Eir, moldeando los rasgos de Selena. La segunda carta que le había enviado le entusiasmaba aun más que la primera. Aun seguía teniendo que ponerla una cara imaginaria, una cara irreal, después de lo que le había enviado la tarde siguiente.
Aquella mañana al levantarse de la cama no se cayó. Tampoco dio un portazo al salir, ya bastante había tenido con la bronca que le dio su madre el día anterior. Pero sus nervios no cambiaron a los de la pasada vez, y volvió a tropezar contra la gente y a cansarse antes de subir la cuesta. Parecía no aprender nunca.
Con la respiración dificultosa, llegó hasta el árbol, dejándose caer contra el tronco y haciéndose daño en la espalda. Escarbó hasta encontrar la cajita azul que simulaba la imagen del cielo. Levantó la tapa. Había dos papeles esta vez. Una era la carta. Cogió el otro papel, era más grueso que el papel normal. Estaba doblado en dos pliegues. Lo desdobló. En su cara se dibujó una sonrisa al ver un dibujo. Era un retrato a carboncillo de Selena vista de espaldas. Parecía estar sentada, las manos se intuían apoyadas en su regazo, su pelo era liso y le caía sobre los hombros y sus brazos eran largos y delgados. Su cuerpo parecía esbelto. Aquel retrato no lo podría comprar un simple trabajador , debía de ser hija de algún comerciante. Dejó el dibujo doblado en la caja y comenzó a leer la carta.
« Querido Eir:
« te hago entrega de este retrato, para que puedas hacerte a la idea de como soy, y una vaga descripción mía físicamente. No esperes la estrella más luminosa del universo. Tengo el pelo moreno, ojos azules, unos pómulos y una barbilla con personalidad, la tez pálida y una nariz pequeñita, como mi estatura. Espero que con esto te hagas una idea de mi. Tampoco es que yo me fijase mucho en ti. Estabas dormido y no pude saber del color de tus ojos. Cuéntame de tu vida. ¿Qué esperas en el futuro? ¿Quiénes son tus amigos y cómo es tu casa? Yo vivo en la zona burguesa. Me encanta pasear sobre esas aceras tan grandes. Pero sobre todo, me gusta el campo, su aroma, la naturaleza, su cielo limpio, sus animales y sus insectos.
Espero tu respuesta. Selena»
Suspiró. Eir se imaginó un ángel de cabellos negros y ojos azules. Pensó que aquello no podía ser más que una broma, una broma de mal gusto. ¿Cómo una chica, aparentemente tan guapa y de buena posición, iba a querer algo con un chico sucio y harapiento como él? Pensó en no contestar, en olvidarse de aquel juego y no volver a mantener contacto con la burguesa que, a buen seguro, ahora estaría desternillándose con sus amigos ricos.
Pero la imagen le volvió a venir a la cabeza, aquel ángel...
Se tragó su orgullo y escribió.
« Querida Selena:
« No puedo más que imaginarme un ángel alado, de luz tan resplandeciente que, al mirar, ciega. Mi vida comenzó hace trece años. De pequeño mi madre por las noches me leía cuentos que yo me aprendía de memoria y buscaba la relación entre las letras y sus sonidos. Así fue como aprendí a leer y escribir. Pero pronto cambiaron las cosas en casa. Papá bebe y mamá riñe con él. Hace tiempo que perdí a mis amigos. Mi vida no sirve más que para ser utilizado, cual objeto, por algún burgués con dinero. Eso es lo que siempre me dice mi padre, y yo, por mucho que lo odie, le creo. No espero un gran futuro.
Saludos. Eir.»
No lo releyó. Lo escribió tal y como sentía. Su maestra siempre le dijo que sabía escribir muy bien, y en cierto modo le molestaba que su talento se desperdiciara.
Puso la carta en la caja y la volvió a enterrar.
Estaba solo en casa. Su madre y su padre se habían ido a trabajar, y su hermano se había ido a ver si podía robar algo que llevarse a la boca. No tenía apetito, pero se obligó a comer un poco de pan, por los días que no tiene qué llevarse a la boca. Pronto se pondría a trabajar, así se lo había comunicado su padre. Y con tal fin le preparaba.
Antes de dormir, en la cama, volvió a imaginarse a Selena como un ángel que brilla en el cielo. Lejana. Pensó que aquel juego, que aquella chica, no le destrozarían más la vida de como la tenía.

viernes, 12 de marzo de 2010

El juego: historia de dos desconocidos. II

Por motivos que se nos escapan, muchas veces cometemos actos que no los pensamos, no los razonamos y debemos de admitir las consecuencias a corto o largo plazo. Es un misterio, pero tan real como la vida misma.
Así estaba Eir. Sumido, desde no hacía mucho, en una historia de dos, narrada en tercera persona. Pensó sobre lo ocurrido aquella mañana, sobre el juego y sus normas, sobre...

***

Agitado, se levantó de la cama. No calculó bien la altura de la cama y, al ir a posar su pie izquierdo- siempre nos lo advirtieron, nunca hicimos caso-, cayó y se golpeó el hombro con el armario. Maldijo en arameo, hebreo y demás lenguas nunca escritas. Cogió un par de prendas y se vistió rápido. Pronto pensó que así nunca conseguiría impresionar a la chica del otro día (siempre y cuando volviesen a coincidir) y rebuscó en el ropero. Para gran lamento suyo, todas las ropas no eran nada del otro mundo, así que decidió que mejor era dejar todo como estaba. Se preparó un tazón de leche y un poco de pan. Como tenía prisa, primero se tomó la leche, quedándole un humorístico bigote blanco de leche; y después se comió el pan. No vio a sus padres, tampoco a su hermano. Salió corriendo de casa, con un bolígrafo y un papel para darle su dirección y tuviese un lugar en donde poder encontrarle en caso de necesidad, y de encontrarla a ella aquel día.
Corrió por las calles de la ciudad. Tropezó con mujeres cargadas de la compra de por la mañana, con hombres que no dudaron en amenazárle, con niños a los que hizo llorar, e incluso un perro le persiguió pensando que jugaba con él. Cuando llegó a la cuesta del cerro estaba agotado, sin fuerzas para subir. Se maldijo a sí mismo. Le costaría sangre y más sudor alcanzar su destino. Subió la cuesta, y aun que le dolía las piernas, no paró hasta que pudo ver la totalidad de la ciudad a sus pies con solo girarse.
Con dolores por medio cuerpo, llegó hasta el árbol y se protegió del sol y del calor sentándose bajo su sombra.
Esperó durante largo rato. Ella no aparecía. Tampoco sabía del todo a quién buscaba y decidió aguardar a cada chica que pasase. Pero ninguna apareció. Frustado e irritado, golpeó el suelo. Hasta el momento en el que su puño se estrelló contra la tierra, no se había dado cuenta de que ésta, muy cerca de donde estaba sentado, había sido removida. Habían cavado un hoyo no muy grande. Pensó que tal vez alguien quisiera darle un entierro a su mascota. Aun así decidió cavar para ver qué se escondía allí. De pronto pensó en que hubiese dinero y en cómo podría gastarlo.Si había mucho se compraría una bici, en caso contraria dependería de la cantidad. En el fondo había una caja de madera, pintada de azul y con manchas blancas a modo de nubes. Decidió abrirla, con mucha espectación, y descubrir lo que aquel misterio contenía. No había animal muerto. Tampoco dinero. Lo que la caja contenía era mucho más misterioso que todo ello. Una carta.
Miró por encima, vio que la letra era redondeada, bonita y escrita en línea recta.
« A quien duerme bajo la sombra del árbol:
« Son tantas las historias que podría contar sobre mí para impresionarte, pero ninguna sería cierta. Son tantos los amores que podría describirte que he sentido y que estoy aburrida y por ello me invento nuevas maneras de amar, pero no sería sincera. Quizás por eso, para que ninguno mienta, he decidido proponerte un juego; un juego que consiste en un método peculiar, pero por el cual espero que nos podamos conocer bien, sin diferencias de clase ni... Bueno, en definitiva, conocernos de forma segura.
Para que ésto sea posible, he redactado una serie de normas que debemos cumplir escrupulosamente:
1-. Solo podremos comunicarnos por carta, que depositaremos en el mismo agujero y en la misma caja.
2-. Tu solo podrás venir aquí a depositar tu carta por la mañana, yo vendré por la tarde.
3-. No podremos intentar localizar ni ver al otro, no se podrá aparecer en el cerro mientras sea tiempo de la otra persona.
4-. Quedará prohibido comentar o hablar de contenidos respecto a la carta o de la otra persona, quedando todo entre nosotros dos únicamente.
5-. En caso de no responder en un plazo máximo de tres días quedará todo olvidado, y a la persona que no contestó como que ha perdido el interés y ha decidido dejarlo.
Cualquier incumplimiento de estas normas será motivo para no volver a comunicarnos.
« Atentamente: Selena.»
En aquel momento no lo dudó. Cogió su bolígrafo y escribió:
«Hola, Selena. Acepto el juego. Me llamo Eir. Tu tienes una ventaja, y es que tu me has visto y yo a ti no. A ver como te las apañas para solucionar ese problema. Saludos.»
No le dio muchas vueltas. Tal como lo escribió, así lo dejó.
No fue hasta que se fue a dormir que volvió a pensar en lo sucedido. Sobre el juego y sus normas, sobre ella, sobre qué le respondería, si sería suficiente lo que le había escrito o sería poco, si podría verla sin que ella lo supiera. Eran tantas las cosas que tenía en la cabeza, que apenas se dio cuenta de que se había quedado dormido.

miércoles, 10 de marzo de 2010

El juego: historia de dos desconocidos. I

Quizás no fuese real. Quizás no fuese más que un sueño. No. Lo sucedido había sido, definitivamente, real.
Eir había llegado a esa conclusión tras varias horas de reflexión y de consulta con la almohada. Aquella mañana había salido huyendo de la tensión que solía haber en su casa y del ruido de la ciudad. Su destino, el cerro. Quizás debido a que aquella noche la había pasado leyendo un libro sobre extraños seres del bosque, había decidido dirigirse hasta allí. Hasta el contacto con la naturaleza, en busca de algo, sin saber muy bien el qué. Desde luego no era lo mismo que un bosque. Tampoco había oído que hubiese ninguna criatura extraña. Pero al menos así pasaría la mañana y desconectaría de los problemas que tenía cada día. Tras mucho caminar no encontró nada. Se podría decir que no se decepcionó, pues ya tenía en mente esa posibilidad. Pero le entusiasmaba fantasear viendose a sí mismo encontrando un hipogrifo, un dragón o un duende. Aun que la verdad, sea dicha, es tan triste como que no fue capaz ni de encontrar un pájaro, ni un simple gorrión.Frustrado y cansado, había decidido sentarse sobre la sombra de un árbol y relajarse. Deseaba abstraerse de todo pensamiento. Quería quedarse él solo, quieto, sin pensar ni hacer nada. Miraba al cielo, a las nubes paseándose lentamente, haciéndose gala de su blancura y su esponjosidad, y le parecía que se despegaba del suelo y podía volar. Aquella sensación, junto con no haber dormido durante la noche anterior, le hizo cerrar los ojos y quedarse como el tronco en el que estaba apoyado.
Apenas notaba una caricia en la cara. Entreabrió los ojos, pero el sol le daba de frente y los volvió a cerrar. Casi no distinguió a una persona cerca de él, en sombras. Aquella persona le había notado que se despertaba, y decidió susurrarle, como se les susurran a los bebés cuando se les quiere hacer dormir.
- Tsss. No te despiertes. Relájate y duérmete
La voz era femenina y muy sedante. No pudo pensar más en aquella voz. Al instante se volvió a quedar dormido.
Se despertó azorado, más cansado que antes y con la boca seca. Decidió que lo mejor era recoger, ir a la fuente para lavarse y beber agua regresar a casa. Estaba hambriento.
No pensó en lo que había ocurrido nada más despertase, tampoco durante el camino de vuelta, ni si quiera mientras comía. Parecía que en su mente no había quedado constancia de lo que había sucedido bajo la sombra de aquel árbol. Estaba jugando con su hermano cuando éste le tiró una zapatilla a la cara. El golpe le había rozado la mejilla y su acto reflejo fue llevarse la mano hasta ella, acariciándose. Aquel gesto le hizo recordar. Su primera impresión fue pensar que era un sueño. Después recordó la voz, y la sensación de bienestar posterior que le había producido.
Pero lo que realmente le había hecho pensar si todo era real o no, no llegaría hasta la mañana del día siguiente.

martes, 16 de febrero de 2010

Cuentos nefastos II

Héctor de Mena González (1987-2010)

Había empezado a llegar familiares desde primera hora del día. Mientras mi madre ya no lloraba y se quedaba sentada, con la cara roja y los ojos, las ojeras muy marcadas y el pelo alborotado; mi padre no hacía más que fumar tabaco y beber whisky, con la mirada en el vaso, perdida en el mundo donde el tiempo es imperceptible, el de los recuerdos.
Mi tía, la hermana de mi madre, llegó, y le dio un abrazo, y juntas retornaron su llanto. Llegó mi abuela, la madre de mi padre, y fue hasta donde se encontraba su hijo, con su vaso de whisky y su cigarro consumiéndose en su cenicero, y también lloraron.
Mi hermano hacía rato que se había ido, no quería, al parecer, ver la tétrica escena que se estaba dando en casa. Los pequeños, viendo las caras largas de los mayores, de sus padres, de sus primos y hermanos, no hacían más que bajar la mirada. Alguien intentó irse a jugar con uno de los pequeños, pero una de mis tías le reprimió, ante la mirada de decepción del pequeño, alegando que aquel no era el momento de jueguecitos.
Pronto mis tías ayudaron a vestirse a mi madre. Preparados ya para salir, empezaron a llegar llamadas de gente conocida y visitas de vecinos dando el pésame a la familia. Después, una oleada de coches se dirigieron al lugar de la misa. Yo no quise ir, me parecía absurdo rezar por la muerte de alguien para que vaya a un lugar al que no existe. Me fui, pues, a la plaza, donde mi único pensamiento era el de compadecimiento ante aquella muerte prematura.
Una vez dada fin a la misa, fuimos al cementerio. Allí la gente se agrupó haciendo un círculo alrededor de la tumba, yo quedé atrás y sólo llegaba a atinar a escuchar los llantos de mi madre. Me sorprendió ver a mi amigo Manuel allí, llorando desconsoladamente. Estuve a punto de ir a decirle que no llorase, que él no conocía a la persona que había finalizado su viaje con nosotros en la Tierra.
Tampoco hubiese tenido tiempo, pues comenzó pronto a irse la gente. Quedé solo ante la tumba. Llamé a mi madre. No me oyó. Grité. No se dió la vuelta. Empecé a recordar cosas no muy lejanas, que habían pasado hace poco. Había quedado con Manuel para ver un partido en un pueblo cercano, íbamos en bicicleta por la carretera. Aquella mañana había muchos coches, y yo iba con miedo porque se acercaban algunos mucho y me temblaba el manillar en las manos, sudorosas. Fue en una curva, en la que el conductor de un coche negro se distrajo y me arrolló.
No recordaba dolor alguno. Solo una tremenda paz, la vista borrosa, el cielo azul manchado de rojo. De repente miles de focos de pequeñas lucecitas se encendieron sobre mi vista y todo quedó sepultado bajo la oscuridad.
Me acequé con miedo a la lápida. Allí, mi nombre en letras latonadas hicieron que los llantos de mi madre se me justificaran.

sábado, 16 de enero de 2010

Cuentos nefastos

LA HISTORIA DEL NIÑO TUERTO

El niño tuerto estaba tumbado en el suelo, con las manos en la nuca a modo de almohada y las piernas flexionadas. Observaba detenidamente el cielo estrellado. De algún modo trataba de desentrañar qué poderosa energía, según sus ancestros, había creado esos diminutos focos de luz en el oscuro cielo y que solo podía ser vistos con el ocultamiento de la gran esfera de luz. Y mientras reflexionaba sobre el gran misterio, le vino a la mente aquel nefasto día en el cual perdió su ojo izquierdo.
Era una tarde calurosa. Él y su vecino, un niño de labios carnosos, discutían sobre el resultado de una especie de concurso que habían hecho sobre quién realizaba el dibujo más bonito sobre la arena. Él había dibujado un oso pescando en el río sobre un fondo de bosque y montañas lejanas, mientras que su vecino había dibujado a un lobo solitario devorando a una presa bajo una cueva. Los dos decían que el suyo era el mejor. Ante tal situación, el niño de los labios carnosos cogió una piedra del suelo y se la tiró, alcanzándole de lleno el ojo izquierdo. Donde antes estaba el ojo, comenzó a manarle abundante sangre, manchando de ésta el suelo, donde se encontraba la afilada piedra que, con tan mala suerte, le había destrozado el globo ocular. El niño de la piedra salió corriendo del lugar, temeroso de lo que acababa de hacer. Tras quedarse solo, y con la cantidad de sangre que se derramaba por el ojo, el niño tuerto empezó a caminar en la misma dirección que su vecino, sabiendo que si se quedaba donde estaba, esperando a que alguien pasase, moriría.
Una mujer salió de su casa a contemplar la calle, en busca de alguna señal que le indicase que su hijo estaba cerca. Pronto vio que aparecía el chico de los labios carnosos que entraba corriendo en su casa. Le pareció que le miraba a ella, y que lloraba. Continuó esperando, en vano, a que su hijo regresase tras él. Pero aun no iba a llegar.
Los gritos de hombres y mujeres la hicieron salir de su casa. Gritaban su nombre y el de su hijo. Asustada, vio con horror cómo un hombre traía a su hijo entre sus brazos. Una mueca de dolor y sufrimiento se dibujó en su rostro. Comenzó a gritar y a llorar, y salió corriendo al encuentro de su hijo malherido.
No recordaba cómo había llegado a su casa. Estaba tumbado en su cama, con unas hojas en la zona dañada del ojo. Solo fue capaz de recordar que, tras caminar largo y tendido en zig-zag por culpa del mareo, se encontró con un hombre que, en cuanto le vio, salió corriendo a cogerle. En sus brazos, el niño tuerto se desmayó.
Los hombres del orden del pueblo le visitaron y le hicieron unas preguntas sobre los sucedido. Les dijo lo del concurso de dibujo, la discusión con su vecino y amigo y que éste le había tirado una piedra afilada al ojo. Les dijo, además, dónde había ocurrido, y que allí estaría la piedra, con su sangre.
A la mañana siguiente, visitaron al niño de los labios carnosos. Negó todo lo contado por el tuerto. Los hombres del orden le mostraron la piedra, impregnada de la sangre seca del niño tuerto. La duda se le dibujó en el rostro, dando paso después al miedo. Intentó huir, pero le agarraron con fuerza y se lo llevaron, entre lágrimas de su madre y suyas, gritando el uno por el otro.
El niño tuerto pasó cuatro días muy críticas. La alta fiebre le hacía delirar y decir cosas en un lenguaje extraño que asustó a la madre. Le creía poseído por espíritus malvados. Los gurús del pueblo, aquellos sabios, estuvieron haciendo conjuros y pócimas hechas con extrañas sustancias para expulsar a aquellas maldades.
Pasado aquel tiempo, la fiebre se acabó, y una enorme costra le apareció en la cavidad conde antes había un ojo. Cuando despertó, fue llamado por los hombres del orden.
El niño que había tirado la piedra había sido condenado culpable, y debía de ser castigado. Los hombres del orden habían decidido que el castigo consistiría en perder también su ojo. El tuerto debía de ser quien, con un cuchillo afilado, le arrancara el ojo. No estaba muy convencido de querer hacerlo, pero la ley es la ley. Si se hubiese negado, le hubieran azotado y después debería de arrancarle el ojo igualmente. Así que aceptó y decidió cumplir con lo establecido.
Su amigo gritaba y lloraba mientras era agarrado con fuerza por dos hombres fuertes. Estaba aterrado. El tuerto también lo estaba. Nunca se había imaginado que tuviera que hacerle aquello a su amigo. Y todo por un estúpido juego. Sin ganas, le acercó el objeto punzante y afilado al ojo, insertándolo en él. Los gritos no se hicieron esperar y comenzó a correr. Instintivamente. El afilado cuchillo se quedó en las manos del tuerto, con el ojo en la punta. Por el shock del momento, el niño de los labios carnosos se desmayó y cayó al suelo.
Su amigo murió desangrado.
Con el tiempo comprendió que nada de aquello debió de suceder. Haberle dado a él como ganador era tan nimio como el resultado final de esta historia. Él había perdido su ojo, su amigo, sin embargo, la vida.


jueves, 14 de enero de 2010

Esponjas chupa alcohol y hombres-chimenea

De este tema podría escribir un libro. Me veo con capacidad de opinar porque soy uno de los muchos que padecen semejantes... ¿Cómo decirlo? Mayores estafas y productos que el hombre ha producido para autodestruirse.
Tabaco y alcohol, amén de otras sustancias que no son ni mejores ni peores, simplemente tienen otros efectos distintos en nuestro organismo, son el pan de cada día con el que tengo que lidiar todos los días, en casa y en la calle con mis amigos.
No voy a hablar de lo perjudiciales que son estas sustancias para el propio que las consume y para los que están alrededor, eso ya lo sabeis. Prefiero hablar de la libertad que uno se toma sobre semejante acción de empezar, y continuar a la postre, a beber y/o fumar y/o drogarse.
En primer lugar, diré que yo he bebido, no mucho. Lo más que llegué a beber fueron tres cerbezas con limón acompañado de mis padres no hace mucho. Pero si lo hice, no fue para pasarmelo bien, ni porque tras beber me vuelva más social, ni nada por el estilo. Lo hice porque la bebida me pareció agradable, y punto. Lo que ya me parece a mi de inmadurez absoluta, es el beber para cogerse el pedal padre. Antes mi padre salía con sus amigos, se iban al centro o a bares y bebían durante la juerga, se lo pasaban bien y no necesitaban obligatoriamente beber para pasarlo bien. Lo importante era estar con tus amigos. Ahora la cosa ha cambiado. Se ha invertido. Se bebe antes para después pasarlo bien de fiesta, pero también se bebe durante ella... ¡ Qué ingenuos! Se puede pasar una buena noche en compañía de tus amigos sin la necesidad de beber. Pero por desgracia, los que beben así- que no todos-, no se dan cuenta del mal que se hacen a ellos, y a los demás. Cuando beben mucho y son varios, y uno no bebe y ve lo que hacen sus amigos, como se comportan, lo que se dicen y demás, solo se puede decir que se llega a pasar vergüenza ajena. Luego ellos vienen a darte lecciones de moral, diciéndote que si se es un amargado, que si no se sabe disfrutar de la vida, o que si ni fumas ni bebes ni follas, que pa´qué vives... Y luego están los que fuman, que esos son peores aun. Los que fuman, en gran medida, solo se preocupan de saciar su "mono". Es lo único. Ellos, ellos, ellos, y a los demás, si te molesta el humo pos te apartas o no respires o no estés en la misma habitación que yo- por suerte hay aun gente que no hace esto, pero que también, sin querer, hacen otras cosas igual de malas, posiblemente sin mala intención-. Si eres ademas anti-tabaco, algún día les preguntarás el típico, ¿por qué no lo dejas? Y lo peor de todo, lo más rastrero que se puede decir de uno mismo, es decir, palabras testuales «de algo hay que morir». Claro, y a los que respiramos tu humo, nos llevas por delante. Sí, también los coches echan humo, y las fábricas, y no me quejo, aun. Sobre eso decir que ojalá pronto se puedan aplicar otro tipo de energías.
Pero en definitiva, que nadie se queje, bebedor o fumador, de que se les persigue porque no es cierto. Tal vez sea yo, que lo veo desde mi perspectiva de no ser esponja chupa alcohol ni hombre-chimenea, y les ataque, a esa gran minoría que son, los que fuman y los que beben, que deciden matarse ya sea bebiendo o fumando, y si se llevan a alguien por delante en su empeño, tampoco podrán decir nada, ya que tal vez estén también en el hoyo.

martes, 12 de enero de 2010

Zombies políticos

Está claro en qué época vivimos. Una democracia demagoga que nos va a costar muy caro. Gente como Zapatero, Rajoy, Gallardón o Esperanza Aguirre son la cabeza de la chusma convertida en políticos. Esto, claro, en España, pero en el mundo entero es igual. Gente como Berlusconi, Sarkozy o el propio Barack Obama, nos van a llevar a un mundo en el que prime únicamente el propio interés, el egoismo humano, la humillación, el marginamiento a aquel que no sea "igual a los demás" y a la violencia como medio de arreglar cualquier asunto.
Pero muchas veces me pregunto qué hace especial a Obama, aparte de su color, que casi todo el mundo lo adora. No es porque haya sido el primer presidente negro de los Estados Unidos de América, sino su forma de comunicarse con el pueblo. La diferencia entre la forma de intentar convencer de sus ideas con la de nuestros políticos es inmensa, ¡si hasta el propio Solbes se va durmiendo mientras está leyendo!
Antes, cuando aun no eramos una democracia, se colocaba a ministros que eran intelectuales de la época. Ahora, mientras, ponemos a los payasos de turno que no saben que hacer con sus vidas y prueban con la política.