martes, 16 de febrero de 2010

Cuentos nefastos II

Héctor de Mena González (1987-2010)

Había empezado a llegar familiares desde primera hora del día. Mientras mi madre ya no lloraba y se quedaba sentada, con la cara roja y los ojos, las ojeras muy marcadas y el pelo alborotado; mi padre no hacía más que fumar tabaco y beber whisky, con la mirada en el vaso, perdida en el mundo donde el tiempo es imperceptible, el de los recuerdos.
Mi tía, la hermana de mi madre, llegó, y le dio un abrazo, y juntas retornaron su llanto. Llegó mi abuela, la madre de mi padre, y fue hasta donde se encontraba su hijo, con su vaso de whisky y su cigarro consumiéndose en su cenicero, y también lloraron.
Mi hermano hacía rato que se había ido, no quería, al parecer, ver la tétrica escena que se estaba dando en casa. Los pequeños, viendo las caras largas de los mayores, de sus padres, de sus primos y hermanos, no hacían más que bajar la mirada. Alguien intentó irse a jugar con uno de los pequeños, pero una de mis tías le reprimió, ante la mirada de decepción del pequeño, alegando que aquel no era el momento de jueguecitos.
Pronto mis tías ayudaron a vestirse a mi madre. Preparados ya para salir, empezaron a llegar llamadas de gente conocida y visitas de vecinos dando el pésame a la familia. Después, una oleada de coches se dirigieron al lugar de la misa. Yo no quise ir, me parecía absurdo rezar por la muerte de alguien para que vaya a un lugar al que no existe. Me fui, pues, a la plaza, donde mi único pensamiento era el de compadecimiento ante aquella muerte prematura.
Una vez dada fin a la misa, fuimos al cementerio. Allí la gente se agrupó haciendo un círculo alrededor de la tumba, yo quedé atrás y sólo llegaba a atinar a escuchar los llantos de mi madre. Me sorprendió ver a mi amigo Manuel allí, llorando desconsoladamente. Estuve a punto de ir a decirle que no llorase, que él no conocía a la persona que había finalizado su viaje con nosotros en la Tierra.
Tampoco hubiese tenido tiempo, pues comenzó pronto a irse la gente. Quedé solo ante la tumba. Llamé a mi madre. No me oyó. Grité. No se dió la vuelta. Empecé a recordar cosas no muy lejanas, que habían pasado hace poco. Había quedado con Manuel para ver un partido en un pueblo cercano, íbamos en bicicleta por la carretera. Aquella mañana había muchos coches, y yo iba con miedo porque se acercaban algunos mucho y me temblaba el manillar en las manos, sudorosas. Fue en una curva, en la que el conductor de un coche negro se distrajo y me arrolló.
No recordaba dolor alguno. Solo una tremenda paz, la vista borrosa, el cielo azul manchado de rojo. De repente miles de focos de pequeñas lucecitas se encendieron sobre mi vista y todo quedó sepultado bajo la oscuridad.
Me acequé con miedo a la lápida. Allí, mi nombre en letras latonadas hicieron que los llantos de mi madre se me justificaran.