miércoles, 15 de junio de 2011

Camino recorrido y por recorrer

¡Qué extraña ha sido realmente mi vida! ¡Qué rodeos tan curiosos ha dado! De niño sólo me ocupaba de dioses y de sacrificios. En mi adolescencia sólo practicaba el ascetismo, la meditación y la concentración. Pero en mi juventud me uní a unos monjes penitentes, viví en el bosque padeciendo calor y frío, aprendí a soportar el hambre y a mortificar mi cuerpo. Más tarde tuve una revelación maravillosa en la doctrina del gran Buda: sentí que la conciencia de la unidad del mundo circulaba en mi interior como mi propia sangre. Pero también tuve que alejarme de Buda y del gran Conocimiento. Me fui y descubrí junto a Kamala los placeres del amor; Kamaswami me enseñó a comerciar; acumulé dinero, lo malgasté, aprendí a amar a mi estómago y a lisonjear mis sentidos. Muchos años hube de emplear en disipar mi espíritu, desaprender lo pensado y olvidar la Unidad. ¿No es un poco como si, lentamente y a través de grandes rodeos, me hubiera convertido de hombre en niño, o de pensador en hombre niño?
¡Qué camino el mío, sin embargo! Cuánta estupidez, cuánto vicio, cuántos errores, disgustos, dolores y desilusiones he tenido que soportar sólo para volver a ser un niño y poder empezar de nuevo! Pero todo ha ido bien, mi corazón lo aprueba, mis ojos se ríen. He tenido que probar la desesperación, rebajarme hasta la más insensata de todas las ideas, la del suicidio, para poder sentir la gracia, para volver a dormir bien y a despertarme tranquilo. He tenido que convertirme en un loco para redescubrir mi interior. He tenido que pecar de nuevo para poder vivir. ¿Por dónde me llevará aún mi camino? Es un camino absurdo, que avanza dibujando curvas, tal vez en círculo. Que avance como quiera. Yo lo seguiré.

Siddhartha, de Hermann Hesse

martes, 12 de abril de 2011

Odio...

... a ese tipo de gente egocéntrica que no quiere más que hacernos opinar a todos lo mismo que ella. Mientras tú disfrutas en silencio de lo que te gusta, ella, mientras, no hace más que decir estupideces del tipo: «¿Pero cómo puede gustarte eso?» o «Es que no entiendo donde le veis la gracia a una mancha».
Pero la mejor frase de todas las que he escuchado hoy de semejante... ser, es «Estas cosas abstractas no me gustan, porque te hacen pensar sobre lo que pueden ser, y yo prefiero cosas definidas» ¡Plas! ¡Plas! ¡Plas! Aplausos, por favor, a la mayor subnormalada del momento. ¿Cómo pretendemos hacer llegar la cultura a los jóvenes, si ellos mismo cuando la tienen delante de sus narices afirman pasar de ella porque les hace pensar? Claro, prefieren, algunos, la cultura del empobrecimiento, es decir, idioteces del tipo Belén Esteban, series de cotilleos y, en cuanto a películas, vampiros que se deboran a besos.
En fin, que por favor llegue alguien a nuestro mundo que destierre a los idiotas del cosmos y les entierre de una vez en la pocilga de su ignorancia para que de esa peste no pueda nadie contagiarse.

lunes, 7 de marzo de 2011

La Revolución de las Palabras


I

Ahora contemplo mi sombra sobre la pared verde de mi cuarto. Despeinado, con la espalda ligeramente dolorida, escribo lo que se supone es el preámbulo de lo que estás dispuesto a leer.
Todo es una gran mentira. Nos han engañado. Siento el pesimismo barato. Yo antes no era así, de verdad. Mi amigo Mateo decía que yo era insoportablemente feliz a sus ojos. Me odiaba, aunque me quería. Dijo que nunca me vio llorar. Bueno, para todo hay una primera vez. Dijo, también, que debía de ser la persona más noble del mundo, pues nunca había reñido, y ni si quiera tenía una lista de personas a las que guardar rencor.
Me dicen que, para pensar en positivo que busque en los recuerdos de momentos mejores en los que fuese, como antes, feliz. ¡Maldita sea! No puedo pensar con claridad si miro constantemente mi sombra reflejada. Hace exactamente los mismos movimientos que yo hago. Giro la cabeza a la derecha, y lo hace; giro a la izquierda, y también. Condenada sombra. Tengo una teoría acerca de ella. Ella me sigue a todas partes cuando hay luz para, así, que no me olvide de que, un día, ella reinará sobre mi. ¿Sabes que día será ese? El día que muera. Las sombras, o la sombra, lo engullirán todo y, por fín, podrá manejarme cuanto quiera. Tendrá completa libertad para girar la cabeza a donde quiera, sin que yo se lo ordene. De ese modo, la sombra es inmortal. La envidio en eso. Yo también quiero ser inmortal.
Creo que hoy no voy a poder pensar en nada positivo que me ayude a salir de mi depresión. Solo puedo pensar en sombras y en muerte. Padre tenía razón. Lástima que no vaya a poder venir y reirse, para después decir rotundamente «¿Ves? ¡Te lo dije, Javier!»

miércoles, 16 de febrero de 2011

Llamada a ¿nadie?

Dicen, comentan, se rumorea por ahí que los jóvenes están dormidos. Eso es, sinceramente, mentira. Muchos jóvenes están olgazaneando, otros muchos trabajan, otros estudiamos -o lo simulamos-, y otros se dedican a una vida contemplativa, como hiciera Shiddartha, en busca de la verdad. Espero que se haya notado la fina ironía acerca de este último bloque.
Lamentablemente, el paro es la cruda realidad de un mundo que, cada día, junto con los grandes dirigentes que, por desgracia, nuestros mayores eligieron, va a la deriva en un viaje sin retorno a un lugar inóspito, desconocido.
¿Quién va a despertar a la juventud? ¿Quién va a exhortar, como Vercingetorix hiciese contra las tropas romanas, como hiciese Robespiere contra la monarquía francesa; a esta juventud perezosa, malcriada, juerguista y, en definitiva, esta juventud de papá? ¿A caso ésta es tan ciega, o tan necia, que no es capaz de ver que se le avecina un futuro sin futuro? ¿Dónde están los genios que han de guiarla? Alguno pensará «¡No! ¡No! ¡Si están planeando! ¡Están estudiando las mejores opciones!». Yo no sé donde están, no se si están de botellón, no sé si están esnifando coca o fumándose porros, no sé si están esperando a que se les acabe el curso para movilizarse, ni si quiera sé si han nacido o si han sido -de verdad- más listos que el resto y se han suicidado a sabiendas de la que se les echaba encima. Ojalá tuviera respuestas.
Pero, chicos, algo sí os aseguro, estamos jodidos. Si no actuamos de inmediato, jamás podremos salir, como tanto ansiamos, de la casa de nuestros padres; si no nos movilizamos jamás podremos comprarnos una casa, un coche, una nueva consola, un buen ordenador, un buen vino, ni si quiere dos croquetas. Ya no es, si quiera, por tener una calidad de vida media-alta, sino una vida digna en la que, al menos, nos sea posible sobrevivir por nuestros propios medios sin apuros.
Levantémonos contra los políticos corruptos que se llevan el dinero de los trabajadores honrados. Levantémonos, también, contra aquellos que minan nuestra libertad; contra quienes nos dicen qué debemos comprar, consumir, pensar, o hacer como si fuesemos simples marionetas guiadas por quienes quieren un beneficio propio.
En definitiva, acabemos con la tiranía de aquellos que, primero, nos ponen la soga en el cuello y, después, nos empujan al vacío. Porque tiranos no hay sólo en Egipto, Argelia, Túnez o demás lugares, también lo son aquellos que, extorsionando con las vidas de los trabajadores, nos encadenan y nos echan a las fieras de su circo particular para vernos morir mientras ellos están a salvo en su trono imperial construido por los huesos de niños y niñas, madres y padres, hermanos y hermanas, familias enteras que tuvieron la mala suerte de nacer en un lugar distinto al nuestro.

viernes, 4 de febrero de 2011

Aclaración

Estaba él en un lugar oscuro, donde nada se veía y mucho menos aún se intuía. Hablaba con alguien, o algo. Parecía distante, quizás por temor a los enormes colmillos de alguna fiera que pudiese haber por entre las sombras.
«Permítame, señora, hablarle con franqueza de los asuntos que se han dado y que no pudiendo olvidarme de ellos, me deba y tenga la obligación de explicarle como es debido para que, así, no quede pizca de duda alguna.
«Sea pues, que durante los días en que me vi en soledad, no tuve más remedio que buscarme otras motivaciones que me satisfacieran más en el plano personal, ante las numerosas muestras de deficiencia mental que, anteriormente, me habías tenido a bien enseñar.
«Cuando todo- y cuando digo todo, es todo- había pasado, con la idéntica facilidad con que el agua pasa de un estado a otro, a no ser nada más que parte del pasado, fue cuando me demostraste aún más tu plenitud mental. Claro lo dejé, y claro está. Nunca- y ésto lo puedo decir muy alto y claro, con la cabeza bien alta- engañé a nadie, y más bien puede ser que se engañara, usted solita, a sí misma.
«Puedo decirle, además, que tengo un conocimiento profuso de mi, y que cualquiera que intente engañarme con aquesta u otra cosa que diga que soy, jamás me veré reflejado en ella, luego es probable que lo que vieras no fuera más que una mera proyección que yo quise que conocieras. Porque en la vida, querida, hay que aprender a ser actor. Ésto es lo más importante que te puedo enseñar. Cuanto más te muestres a personas que no se lo merezcan, más daño te harás tú sola. Porque el extraño no puede hacerte daño si tu no lo interiorizas y, de hacerlo, será sólo culpa tuya.
«Y cuando uno, ya no pudiendo hacer más por quitarse a la mosca de encima, se ve casi obligado a acudir hasta las sombras de lo tenebroso, al menos lo único que se espera es acabar lo mejor posible, para que, tras ello, dejar un incómodo silencio tras de sí, y borrar de la mente cualquier posible proyeccion de aquello. Pudiste conocerme, ahora en la oscuridad tenebrosa te quedas.»

viernes, 28 de enero de 2011

Chuletas, pancetas y entrecots

Entonces todo vale. En eso hemos quedado. Llegas al examen, sacas las chuletas, lo corrige el profesor, te da la nota y, en ese momento, pueden ocurrir dos cosas: una, que hayas aprobado y te vayas más contento que unas pascuas; y otra, que no hayas aprobado. En este último caso, te pegas un rebote de no te menees. Comienzas a decirles a tus compañeros de al lado que te han suspendido y que no entiendes por qué, «Si está todo puesto» dices -obviamente tu eso lo sabes porque lo has copiado de la chuleta, que está sacada del libro-, después llamas al profesor y le dices que te parece una injusticia tu nota, que lo has puesto todo, que si por una falta te ha bajado un punto, etc, etc, etc.
Primero: no todo vale. No es tanto que tú sepas algo como el que tu aprendas a expresarlo. Puedes saber, o copiar, muy bien algo pero, que luego a la hora de dejar constancia de ello en un papel, no tengas ni pajolera idea y, de ese modo, esté totum revolutum.
Segundo: ¿de qué te quejas? ¡Pero si tu esfuerzo para con la preparación del examen no ha sido para nada más que prepararte una mísera chuleta!
En fin. La culpa, de todas formas, no es de los alumnos, sino del profesorado. Muchos han hecho excesivo daño a la juventud. Algunos no saben ya aprobar si no es por una triste chuleta. Pudieron cortar de raíz con este enorme problema de la juventud, pero ahora se dan premios a aquellos que, sin estudiar ni hacer esfuerzo intelectual y personal alguno, vagan por los caminos de la ley del mínimo esfuerzo.