Un día en el instituto, en uno de estos calurosos momentos de primavera-verano, estábamos en clase de lengua, con nuestro profesor, dándonos el sermón de cada día, cuando se me acercó un cuaderno por la derecha. Era Fran, que quería devolverle a Edu su cuaderno, lo pasé a mi compañero más próximo y continué perdido en mi mente, mientras el pobre profesor seguía dando una clase que poco o nada nos interesaba a los demás. Al rato, me fijé en Inés, siempre provocativa y perdida, como los demás, en un punto de su mesa. Pero cambió la mirada, yo esperaba que me mirara a mí y me dijese lo de siempre, ya estás« abobao», me estás mirando las tetas, en fin, cosas de esas, ya me entiendes, pero en lugar de recriminarme, miró a Eduardo. Por alguna extraña razón, odio a este tío. Perdón, no es que lo odie, es simplemente que me resulta cargante, con su voz grave, su enorme cuerpo y su pequeña cabeza. Pues bien, unas miradas tontas y un guiño, y ya se echó la Inés a reír. Tal vez la culpa sea de ella y a quien debería odiar es a Inés y no al pobre Eduardo. ¡No! ¡Qué disparate! Todo el mundo le encuentra encantador y gracioso, mientras yo le veo pesado y torpe. El caso es que ese momento me dio la idea de un microrrelato y lo escribí, y al escribirlo se lo pasé a dos buenos amigos, los cuales me dijeron que era interesante. Para mi eso es lo importante, si no es interesante, por muy bien que esté escrito, ya le pueden ir dando, que no lo leerá nadie y, si lo leen, será fruto de algún engaño. Ya para terminar, diré que lo que me dijeron me puso tan contento (aparte de mi diez en el comentario de textos de lengua) que me entraron ganas de hacer un blog, publicar algún relato, que para eso están, para compartir con los demás, y criticar o alabar algo de esta sociedad en la que nos a tocado, a ti y a mi, vivir.
Muchas gracias.Fito.
No hay comentarios:
Publicar un comentario