lunes, 7 de marzo de 2011

La Revolución de las Palabras


I

Ahora contemplo mi sombra sobre la pared verde de mi cuarto. Despeinado, con la espalda ligeramente dolorida, escribo lo que se supone es el preámbulo de lo que estás dispuesto a leer.
Todo es una gran mentira. Nos han engañado. Siento el pesimismo barato. Yo antes no era así, de verdad. Mi amigo Mateo decía que yo era insoportablemente feliz a sus ojos. Me odiaba, aunque me quería. Dijo que nunca me vio llorar. Bueno, para todo hay una primera vez. Dijo, también, que debía de ser la persona más noble del mundo, pues nunca había reñido, y ni si quiera tenía una lista de personas a las que guardar rencor.
Me dicen que, para pensar en positivo que busque en los recuerdos de momentos mejores en los que fuese, como antes, feliz. ¡Maldita sea! No puedo pensar con claridad si miro constantemente mi sombra reflejada. Hace exactamente los mismos movimientos que yo hago. Giro la cabeza a la derecha, y lo hace; giro a la izquierda, y también. Condenada sombra. Tengo una teoría acerca de ella. Ella me sigue a todas partes cuando hay luz para, así, que no me olvide de que, un día, ella reinará sobre mi. ¿Sabes que día será ese? El día que muera. Las sombras, o la sombra, lo engullirán todo y, por fín, podrá manejarme cuanto quiera. Tendrá completa libertad para girar la cabeza a donde quiera, sin que yo se lo ordene. De ese modo, la sombra es inmortal. La envidio en eso. Yo también quiero ser inmortal.
Creo que hoy no voy a poder pensar en nada positivo que me ayude a salir de mi depresión. Solo puedo pensar en sombras y en muerte. Padre tenía razón. Lástima que no vaya a poder venir y reirse, para después decir rotundamente «¿Ves? ¡Te lo dije, Javier!»

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