viernes, 12 de marzo de 2010

El juego: historia de dos desconocidos. II

Por motivos que se nos escapan, muchas veces cometemos actos que no los pensamos, no los razonamos y debemos de admitir las consecuencias a corto o largo plazo. Es un misterio, pero tan real como la vida misma.
Así estaba Eir. Sumido, desde no hacía mucho, en una historia de dos, narrada en tercera persona. Pensó sobre lo ocurrido aquella mañana, sobre el juego y sus normas, sobre...

***

Agitado, se levantó de la cama. No calculó bien la altura de la cama y, al ir a posar su pie izquierdo- siempre nos lo advirtieron, nunca hicimos caso-, cayó y se golpeó el hombro con el armario. Maldijo en arameo, hebreo y demás lenguas nunca escritas. Cogió un par de prendas y se vistió rápido. Pronto pensó que así nunca conseguiría impresionar a la chica del otro día (siempre y cuando volviesen a coincidir) y rebuscó en el ropero. Para gran lamento suyo, todas las ropas no eran nada del otro mundo, así que decidió que mejor era dejar todo como estaba. Se preparó un tazón de leche y un poco de pan. Como tenía prisa, primero se tomó la leche, quedándole un humorístico bigote blanco de leche; y después se comió el pan. No vio a sus padres, tampoco a su hermano. Salió corriendo de casa, con un bolígrafo y un papel para darle su dirección y tuviese un lugar en donde poder encontrarle en caso de necesidad, y de encontrarla a ella aquel día.
Corrió por las calles de la ciudad. Tropezó con mujeres cargadas de la compra de por la mañana, con hombres que no dudaron en amenazárle, con niños a los que hizo llorar, e incluso un perro le persiguió pensando que jugaba con él. Cuando llegó a la cuesta del cerro estaba agotado, sin fuerzas para subir. Se maldijo a sí mismo. Le costaría sangre y más sudor alcanzar su destino. Subió la cuesta, y aun que le dolía las piernas, no paró hasta que pudo ver la totalidad de la ciudad a sus pies con solo girarse.
Con dolores por medio cuerpo, llegó hasta el árbol y se protegió del sol y del calor sentándose bajo su sombra.
Esperó durante largo rato. Ella no aparecía. Tampoco sabía del todo a quién buscaba y decidió aguardar a cada chica que pasase. Pero ninguna apareció. Frustado e irritado, golpeó el suelo. Hasta el momento en el que su puño se estrelló contra la tierra, no se había dado cuenta de que ésta, muy cerca de donde estaba sentado, había sido removida. Habían cavado un hoyo no muy grande. Pensó que tal vez alguien quisiera darle un entierro a su mascota. Aun así decidió cavar para ver qué se escondía allí. De pronto pensó en que hubiese dinero y en cómo podría gastarlo.Si había mucho se compraría una bici, en caso contraria dependería de la cantidad. En el fondo había una caja de madera, pintada de azul y con manchas blancas a modo de nubes. Decidió abrirla, con mucha espectación, y descubrir lo que aquel misterio contenía. No había animal muerto. Tampoco dinero. Lo que la caja contenía era mucho más misterioso que todo ello. Una carta.
Miró por encima, vio que la letra era redondeada, bonita y escrita en línea recta.
« A quien duerme bajo la sombra del árbol:
« Son tantas las historias que podría contar sobre mí para impresionarte, pero ninguna sería cierta. Son tantos los amores que podría describirte que he sentido y que estoy aburrida y por ello me invento nuevas maneras de amar, pero no sería sincera. Quizás por eso, para que ninguno mienta, he decidido proponerte un juego; un juego que consiste en un método peculiar, pero por el cual espero que nos podamos conocer bien, sin diferencias de clase ni... Bueno, en definitiva, conocernos de forma segura.
Para que ésto sea posible, he redactado una serie de normas que debemos cumplir escrupulosamente:
1-. Solo podremos comunicarnos por carta, que depositaremos en el mismo agujero y en la misma caja.
2-. Tu solo podrás venir aquí a depositar tu carta por la mañana, yo vendré por la tarde.
3-. No podremos intentar localizar ni ver al otro, no se podrá aparecer en el cerro mientras sea tiempo de la otra persona.
4-. Quedará prohibido comentar o hablar de contenidos respecto a la carta o de la otra persona, quedando todo entre nosotros dos únicamente.
5-. En caso de no responder en un plazo máximo de tres días quedará todo olvidado, y a la persona que no contestó como que ha perdido el interés y ha decidido dejarlo.
Cualquier incumplimiento de estas normas será motivo para no volver a comunicarnos.
« Atentamente: Selena.»
En aquel momento no lo dudó. Cogió su bolígrafo y escribió:
«Hola, Selena. Acepto el juego. Me llamo Eir. Tu tienes una ventaja, y es que tu me has visto y yo a ti no. A ver como te las apañas para solucionar ese problema. Saludos.»
No le dio muchas vueltas. Tal como lo escribió, así lo dejó.
No fue hasta que se fue a dormir que volvió a pensar en lo sucedido. Sobre el juego y sus normas, sobre ella, sobre qué le respondería, si sería suficiente lo que le había escrito o sería poco, si podría verla sin que ella lo supiera. Eran tantas las cosas que tenía en la cabeza, que apenas se dio cuenta de que se había quedado dormido.

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