miércoles, 10 de marzo de 2010

El juego: historia de dos desconocidos. I

Quizás no fuese real. Quizás no fuese más que un sueño. No. Lo sucedido había sido, definitivamente, real.
Eir había llegado a esa conclusión tras varias horas de reflexión y de consulta con la almohada. Aquella mañana había salido huyendo de la tensión que solía haber en su casa y del ruido de la ciudad. Su destino, el cerro. Quizás debido a que aquella noche la había pasado leyendo un libro sobre extraños seres del bosque, había decidido dirigirse hasta allí. Hasta el contacto con la naturaleza, en busca de algo, sin saber muy bien el qué. Desde luego no era lo mismo que un bosque. Tampoco había oído que hubiese ninguna criatura extraña. Pero al menos así pasaría la mañana y desconectaría de los problemas que tenía cada día. Tras mucho caminar no encontró nada. Se podría decir que no se decepcionó, pues ya tenía en mente esa posibilidad. Pero le entusiasmaba fantasear viendose a sí mismo encontrando un hipogrifo, un dragón o un duende. Aun que la verdad, sea dicha, es tan triste como que no fue capaz ni de encontrar un pájaro, ni un simple gorrión.Frustrado y cansado, había decidido sentarse sobre la sombra de un árbol y relajarse. Deseaba abstraerse de todo pensamiento. Quería quedarse él solo, quieto, sin pensar ni hacer nada. Miraba al cielo, a las nubes paseándose lentamente, haciéndose gala de su blancura y su esponjosidad, y le parecía que se despegaba del suelo y podía volar. Aquella sensación, junto con no haber dormido durante la noche anterior, le hizo cerrar los ojos y quedarse como el tronco en el que estaba apoyado.
Apenas notaba una caricia en la cara. Entreabrió los ojos, pero el sol le daba de frente y los volvió a cerrar. Casi no distinguió a una persona cerca de él, en sombras. Aquella persona le había notado que se despertaba, y decidió susurrarle, como se les susurran a los bebés cuando se les quiere hacer dormir.
- Tsss. No te despiertes. Relájate y duérmete
La voz era femenina y muy sedante. No pudo pensar más en aquella voz. Al instante se volvió a quedar dormido.
Se despertó azorado, más cansado que antes y con la boca seca. Decidió que lo mejor era recoger, ir a la fuente para lavarse y beber agua regresar a casa. Estaba hambriento.
No pensó en lo que había ocurrido nada más despertase, tampoco durante el camino de vuelta, ni si quiera mientras comía. Parecía que en su mente no había quedado constancia de lo que había sucedido bajo la sombra de aquel árbol. Estaba jugando con su hermano cuando éste le tiró una zapatilla a la cara. El golpe le había rozado la mejilla y su acto reflejo fue llevarse la mano hasta ella, acariciándose. Aquel gesto le hizo recordar. Su primera impresión fue pensar que era un sueño. Después recordó la voz, y la sensación de bienestar posterior que le había producido.
Pero lo que realmente le había hecho pensar si todo era real o no, no llegaría hasta la mañana del día siguiente.

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